EN DEFENSA DE CATALUNYA

 

 

Amaya Lomba Sierra

 

Amaya Lomba Sierra tiene 21 años. Nació en Barcelona ciudad el 12-9-1982. Actualmente cursa estudios de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus aficiones son la literatura del siglo 19 romántica, el arte, salir a divertirse, el cine y el teatro. Su madre es Zaragoza y su padre de Cuenca. Los abuelos son oriundos de Navarra y Teruel. Nos ha enviado el siguiente escrito:

Me declaro catalana. Entre la palabra y el silencio, confieso mi pertenencia al pueblo catalán. Y así lo manifiesto, entre susurros, pues la viva voz, el habla clara, parece que conmueve y hace tambalear la democracia liberal. En esta época existe una paradoja alarmante. Por un lado, nosotros, sujetos de una historia en devenir constante, debemos sentirnos de una patria y defenderla, cual si fuésemos el asfalto de sus calles, siempre adheridos a ella. Aunque somos conscientes de que esto es origen y motivo de eternos conflictos se nos arroja a creernos ciudadanos de un territorio. Si por el contrario, consideras que el planeta no posee dueño, más que sí mismo, y que el ser humano puede desplazarse por doquier sin crear Estados, fronteras artificiales, ya que la naturaleza nada de ello le impuso más que su geografía, ríos y valles utilizados, posteriormente, como arma política, te estigmatizan; eres un antisocial, un loco, o nihilista si cabe. Por ello, si he de crear esa absurda franja cegadora, esa mutilación de los sentidos que son los países cerrados, ebrios por su raza sin mezcla, que diga de aquí soy, aquí no soy, elijo Catalunya para ser y realizarme. En el triunfo de la España que auto-proclama su unidad yo no existo, pues no contempla las diferencias, huele a franquis-mo relamido. Sólo hay una masa tiránica de mayorías adoctrinadas y absorbidas por los medios de comunicación. Mi familia es emigrante, navarra y aragonesa. Crecí con un sentimiento ajeno a Catalunya, en parte por contradecir, en parte porque no veía nada negativo en ampararse bajo la estridencia de una bandera, la española. Sin embargo, la política fascista que se erige tras esa sabana bicolor ha conseguido que desee separarme de ella, de sus connotaciones, de su farsa.

El gobierno actual vacía las palabras y las torna carentes de sentido con un cinismo aplastante. El Partido Popular enmascara sus discursos y mensajes con una moderación que en absoluto tiene. Su dirección es clara, una sociedad totalitaria, moldeada cual muñeco sin alma, una sociedad que consuma y calle. Los conceptos de libertad y democracia, han perdido su sentido debido al mal uso propiciado por los políticos. Escuchar a sus miembros es sentir un dolor moral, casi físico, irreparable. Tienen a sus espaldas personas, tal vez más creativas que ellos, son las sombras de su inteligencia que confeccionan sus discursos a imagen y semejanza de la mentira, de una retórica violenta, y los vierten a los pobres de alma que osan creerlos. El poder central evita el diálogo. Éste es enemigo suyo, pues su soberbia no les permite contrastar opiniones, reflexionarlas. No hay capacidad ni mera intención de cuestionarse lo hecho, quizá, si lo hiciesen se suicidarían. Seguro que piensan, con su lenguaje pleno de incultura que eso es bajarse los pantalones, por ello no responden a los ciudadanos. No hay reciprocidad alguna. Un principio básico para la obtención de un conocimiento veraz, o lo más próximo a la realidad, es abrir las puertas a la pregunta, al diálogo, aceptar que no somos ni omniscientes, ni todopoderosos, ni como especie, ni como partido. Tener conciencia de la propia necedad es la concesión más sabia que se puede hacer uno mismo. Sin embargo, los políticos son como niños que se tapan los ojos y los oídos para no ver aquello que temen o no conocen. Creen que han llegado tan alto que ningún comportamiento infantil les va a quitar los millones de los bolsillos. Estamos en una nueva era en que los injustos son llamados justos y viceversa, el juicio final se ha instalado en la tierra. Aquel que salga más veces por televisión más razón tendrá. La Inquisición contemporánea ha llegado. La llama de la hoguera que hace arder a los herejes hace tiempo que está preparada. La caza de brujas invoca a los revolucionarios que cesen su tarea. La máxima de la política global y de su cruzada dice: toda minoría tiene el deber de perecer. Luego entonces, prefiero desterrarme voluntariamente de un país como España, antes que otros lo hagan y reconciliarme con mi Catalunya natal, algo más alejada de los parámetros americanos que sigue el gobierno español, tal si fuesen perros en busca del dólar de su amo.

Amaya Lomba Sierra