A PEU PER ANDALUSIA

 

Josep M. Espinàs

Cuando habla de si mismo José Maria Espinàs dice que es un “home de fer feines” o sea un hombre de hacer faenas. Hemos extractado unas páginas de su libro A peu per Andalusia, 290 pàginas, Edicions La Campana”.

Josep Maria Espinàs es una conocida personalidad catalana, con una idiosincrasia completamente distinta a la habitual entre intelectuales i escritores. Tiene numerosos premios en todos los sentidos; escritor de novelas, uno de los fundadores de la Nova Cançó... pero recientemente se ha especializado en efectuar un viaje a pie anual por las distintas regiones de España. Se da el caso que el primer viaje a pie A peu pel Pallars i la Vall d’Aran, es de 1956 y lo realizó con Camilo José Cela. Posteriormente ha recorrido todos los países catalanes y ha ultimado ya libros sobre esos curiosísimos viajes a pie que hace por las regiones más inesperadas de Castilla, país Vasco, Galicia i últimamente por Andalucía.

Para dar una idea del personaje intuitivo i excepcional que es Josep Maria Espinàs diremos que la primera canción de protesta que se realizó en toda España y que inició un movimiento que está en la memoria y que incluso en el corazón de todos, fue cantada por él en el teatro Romea de Barcelona (1961-62) con una simple estrofa que rememorando la canción tradicional catalana A la vora de la mar hi ha una donzella, terminaba proclamando “A la vora de la nit un nou dia s’alça”. La gente lo entendió y movida por un acto reflejo inconsciente pero tan esperado se puso en pie aclamando aquel críptico mensaje que todo el público entendió y que únicamente la censura no podía entender.

Cuando habla de si mismo José Maria Espinàs dice que es un “home de fer feines” o sea un hombre de hacer faenas. Hemos extractado unas páginas de su libro A peu per Andalusia, 290 pàginas, Edicions La Campana”.

Atravesando Sierra Mágina

...El camino empieza a serpentear, las subidas son más duras, van desapareciendo los árboles, seguramente hemos superado los mil metros, los mil cien. La montaña se mineraliza, se desnuda, tan solo algunas lenguas de tierra, inclinadas, al pie de una pared de roca. La carretera es estrecha, como me habían dicho, y no ha pasado ni un alma, ni hacia arriba ni hacia abajo.

En una curva nos detuvimos un momento para mirar el valle por donde habíamos subido. Albanchez, ya ha desaparecido, escondido tras Aznaitín. La mujer que nos dijo que esta vista era una grasia , no quería decir tan solo que era bonito, creo que se refería a que se trataba de un paisaje «en estado de gracia», en su soledad, en su extensión progresiva hacia las profundidades del horizonte, de cerro en cerro, donde se agarran los olivos. Sierra Mágina es un macizo complejo, muy agreste y accidentado, infranqueable del este al oeste y de norte a sur, solo la carretera donde nos encontramos nos permite atravesar una parte, pasando por el puerto que separa Alban-chez y Torres.

Una ley del Parlamento de Andalucía, declaró Sierra Mágina parque natural el año 1989. Porque aparte de las razones paisajísticas, contiene una gran riqueza -y a menudo rareza- en su flora y fauna.

Estoy casi en el puerto, a unos 1250 metros. Debería tirar montaña arriba, derecho, si quisiera llegar a las alturas, donde se conserva el patrimonio más específico de plantas y animales. Pero no es eso lo que me ha llevado a trepar hasta aquí, sino las ganas de conocer Torres después de Albanchez. Y debo confesarlo: el Daphne gnídium, La Vicia glauca, el Montícola sazatilis, o l’Aytes dickkileni, nunca me entretendrán tanto como el Gila, Pedro el Carpintero, Dieguillo el Media, Andrés el Cuco o Juan el Salmonete.

El hombre de las alturas.

El puerto no es de descenso inmediato tras el último paso de subida. Es un pequeño plano, como un claro en medio del repechón, que impide ver la pendiente por la que subimos y la que nos espera para bajar. Hay un campo de cerezos ajenos al viento que azota.

Pero la presencia más inesperada es la de un hombre como a cincuenta metros a la izquierda del camino. Se acerca lentamente a saludarnos, las cabras balan al ver intrusos. Joaquín Gila es un hombre robusto, de unos cincuenta años, que dice pasárselo muy bien ahora, pero que ha trabajado mucho.

-Me he pasao la vida trabajando en cocina y las piernas me dolían más que ná. En Benidorm estaba de botones y fue allí que me metí en la cocina. La primera vez, ganaba siete mil al mes, de ayudante, allá por el año sesenta y nueve o el setenta. ¿Ustedes de dónde son?
-De Barcelona
-En la Escala yo estuve veinte temporás. En la Escala y en l’Etatí. En dos o tres sitios. En la Sirena y en el Mongrí. Conforme entra, donde está el camping, estaba yo. Allí aprendí de cocinero, la cocina catalana está bien, está con la francesa.

Just in the corner

El valle de Torres parece más pendiente aún que el que acabamos de subir. Un bosquecillo de pinos, como un intento de reforestación. Más arriba entre los peñascos empiezan a salpicar los brotes de verde. Se ve Torres como una mota blanca, parece el pueblo gemelo de Albanchez al otro lado de Sierra Mágina. Alrededor de una loma, muy abajo.
Joaquín Gila nos ha dicho que hay un atajo para bajar derecho. Cuando señalan el camino, yo disimulo. No por la dureza de la pendiente que se divisa, sino por que prefiero las bajadas menos pronunciadas, aquellas que ofrecen una nueva perspectiva a cada paso, que te acostumbran al pueblo poco a poco, que te libran de saber dónde pones los pies y así pararte a contemplar, a imaginar Torres conforme te aproximas a él.

El atajo me ahorraría unos dos kilómetros, me robaría dos plácidos kilómetros de ir subiendo y bajando y mirando a un lado y a otro. Hay flores silvestres a los márgenes de la carretera. Son más bonitas que las de subida.

A la izquierda un caminito lleva a Fuenmayor. Es el nombre de un paraje donde hay un manantial de agua como la del río Hútar cerca de Albanchez y que también se ha constituido como zona de recreo. Mi mapa dice que se sube por un valle, al lado de unos riachuelos que bajan. Ya estamos a las puertas de Torres y a la entrada del pueblo encontramos también un espacio arbolado, delimitado por un pequeño parque con mesas para comer y una fuente. Hay un tablero que dice <<Pila Pellenda>> Allí llaman a la fuente, pila.

Hemos de encontrar el hotel Jurinea i tan solo sé que es al Camino de la Ladera, sin número. Nos recibe una joven que nos dice que se llama Marisa, se la ve alegre, activa, habla deprisa, sonríe, nos enseña las habitaciones, dice que este calor es exagerado, que pronto lloverá o habrá tempestad.

Y nos sirve las gachas dulces. La fórmula clásica incluye leche, harina, azúcar, aceite y seguramente alguna cosa más. Pero sobretodo matalahúva, que le da ese gustito anisado.

Marisa nos trae una botella de risol, el licor típico de esta tierra. Es casero. Este licor de cerezas es la versión local de muchos licores y aguardientes elaborados con hierbas y frutos. Les espléndidas cerezas de Torres no pueden quedar al margen de una tradición popular en tantos países. «Se pueden añadir diversas hierbas- explica Marisa- manzanilla, mejorana, hierba-luisa, tarongil… Cuatro litros de agua por uno de alcohol. Y un kilo de azúcar sin tostar. Cuando todo esta macerao, se añade un kilo de azúcar tostá.»

Los botánicos y la Marisa

Después de comer, pregunto a Marisa si sabe en qué casa vivió un botánico catalán llamado Cuatrecasas. No me preocupa mucho saberlo, la verdad, Si he hecho la pregunta es pensando que la chica no sabría de que le hablo. Un botánico, catalán, que paso por aquí el año 1925. Marisa me dice acto seguido:

-La casa no sé, se lo preguntaré a mi tio, que sabe mucho de esas cosas, pero claro Cuatrecasas estuvo aquí, descubrió cuatro endemismos en las flores de Sierra Mágina, entre ellos la jurinea. Por eso el nombre del hotel.

-De ahí que ese comedor se llame Cuatrecasas. ¿No lo has visto al entrar?

-Me levanto de la silla, salgo al comedor y veo la puerta con un rótulo hecho con baldosas, en cada baldosa una letra y se puede leer «Cuatre-casas»

Josep Cuatrecasas Arumí, nacido en Camprodon el año 1903, se licencia en farmacia y fue catedrático de botánica en la Universidad de Barcelona. Fue director del Jardín Botánico de Madrid y el año 1936 se exilió a Colombia. Residente en los Estados Unidos, se convirtió en una autoridad mundial. Cuando tenía poco más de veinte años pasó algunos meses en Sierra Mágina, instalado en diversos sitios, entre ellos Torres. Recogió más de mil especies de plantas del macizo y descubrió endemismos -especies que viven exclusivamente en un área geográfica-, uno de los cuales como la jurinea fontqueri. Me parece evidente que Cuatrecases, con este ‘fontqueri’ quiso rendir un homenaje a su maestro, el ilustre botánico Pius Font i Quer, que también investigó en Andalucía y también se exilió. Una planta es testimonio del paso de Cuatrecasas por Sierra Mágina: el narcissus cuatrecasii.

Rememorar estos hechos aquí, comiendo en Torres, en un hotel que se llama Jurinea y no por casualidad, sino porque alguien conoce estas cosas y este alguien es una chica joven, apasionada por su pueblo, por el futuro de Sierra Mágina, es una experiencia que no parece real.

Entro en el núcleo tradicional de Torres por una calle que parece que lo atraviesa de punta a punta y que tiene todo el aire de ser la calle Mayor. Pero miro la placa y dice otra cosa: <<calle Baltasar Garzón Real>> El famoso juez es nacido aquí. Yo creo que las calles no deberían bautizarse con el nombre de personajes vivos y menos aún si la actividad tiene una dimensión política. Pero lo que ningún pueblo debería consentir es que un nombre de persona- la que sea- borre el patrimonio de generaciones: calle Mayor, Plaza de la Iglesia, plaza del Mercado. En Vinuesa, Castilla, la plaza donde está la magnífica iglesia, se llama ahora, << Plaza del Rey Juan Carlos>>, y la calle principal del pueblo, es la «Calle de la Reina Sofía». Eso en un pueblo que se enorgullece de sus orígenes romanos. No preciso decir cuanta veces he visto placas con nombres de políticos o generales franquistas reemplazando las antiguas calles de Arriba, del Molino, de las Eras, de la Fuente….

Cristo de los Jornaleros

En Andalucía hay curiosas advoca-ciones religiosas, como el Cristo del Arroz, y sólo en Sierra Mágina hay devoción por Nuestra Señora de la Expectación, la Virgen de los Pastores, Nuestra Señora de la Coronada, el Cristo de la Columna –fiestas de Torres, precisamente en septiembre, Cristo del Mármol, que he visto en Cambil, y este singular Cristo de los Jornaleros.
Salimos de la Iglesia por la puerta que da a un patio estrecho y largo, colgado sobre un extremo del pueblo. El sol de media tarde parece que achate las casas contra la sierra por la que hemos bajado este mediodía a Torres. Detrás, se ven los altos montes donde está el pico de Almacén y el de Mágina. Los escenarios de los maquis de los que pronto hará sesenta años. Y mucho antes, del 1227 al 1438, la abrupta frontera entre Castilla y el reino nazarita de Granada.
* * *
Subo a la habitación paladeando el recuerdo de la cereza y la palabra de risol, pariente de la catalana risoli. Del bellísimo nombre de una hierba «rosada del sol».
Jordi Morón Sais